A la niña "machote" le
encantaba jugar con sus coches de miniatura. Tenía que tener mucho cuidado
porque sus padres se los escondían y se los cambiaban por muñequitas de color
rosa de vez en cuando.
No había cosa que menos le
gustara a la niña machote que el color rosa. Ella quería jugar con pelotas
blancas, con coches verdes, con puzles multicolor, pero ni hablar del color rosa, le parecía muuuuy cursi.
Su papá y su mamá estaban
muy preocupados porque le gustaba ponerse pantalones y embarrárselos jugando al
fútbol… -¡Eso no es cosa de niñas, Alejandra!- le decían. La niña se llamaba Alejandra,
como habréis adivinado, pero prefería que la llamasen Álex, porque, según decía
ella, molaba más.
En el cole, a Álex la
miraban raro. Hablaban en voz baja cuando pasaba con sus guantes de portero de
fútbol “mírala, ¡la niña "machote!" Jajaja!” Se reían de ella…
Ella se sentía un poco sola,
pero tenía muy claro que no quería ponerse lacitos en el pelo y hablar de
novios como las otras chicas de su clase… -¡Por Dios, soy una niña, ¿por qué no
puedo yo jugar con mi coche de radio control o hablar del paradón que hice el
domingo pasado?- Solía quejarse mientras se comía un bocata de chorizo… algo muy
poco femenino según la Vane, la más popular de su clase.
Vane tenía siempre algo que
decir sobre lo que hacían los demás y siempre tenía un montón de amigas
alrededor que hacían lo que ella quería. No había cosa que más le gustase que meterse
con Álex. – ¡Mírala con la peonza! Parece tonta…¿Y los pelos que me trae? Se lo
podía alisar un poco…y todas las niñas “jajaja! Es verdad lo que dice la Vane!
Qué boba es la niña "machote”.
Todo le iba mal a Álex,
hasta que un día…
-Niños y niñas, quiero que me
escuchéis, al final de este mes representaremos una obra de teatro sobre el personaje que hemos estudiado, El Rey
Arturo, y voy a sortear los papeles -Dijo la seño Antonia.
No había películas que más
le gustasen a Álex que los del Rey Arturo, soñaba con ser un caballero andante
que ayudase a la gente y salvase muchas vidas de peligros y monstruos verdes
enormes.
- Voy a repartir los papeles
masculinos por un lado y los femeninos por el otro… El Rey Arturo podrá ser
cualquiera de vosotros- anunció la seño.
A Álex no le hizo gracia la
posibilidad de ser una princesita vestida con un traje supercursi, pero se
calló.
Cuando metió
la mano en la bolsa del sorteo y cogió su papel… se hizo un silencio
impresionante en la clase… ¡le había tocado ser El Rey!
Es verdad que a Álex se le
daba bien la interpretación, inventaba conversaciones interminables cuando
jugaba con sus muñecos de piratas, pero un rey…se quedó blanca del susto.
Sus padres renegaron un poco
del papel que le habían asignado, pero le ayudaron en lo que pudieron. La seño
Antonia también se portó muy bien con ella y le trajo una barba postiza de casa
digna del más noble caballero. ¡Álex incluso dormía con ella! Claro…luego se
levantaba con la cara rojísima, porque esas barbas pican una barbaridad…
Cuando llegó el día de la
actuación, Vane, que interpretaba a la reina Ginebra con un vestido rosa como
la más rosa de las rosas, no perdió la oportunidad de meterse con ella. – ¡Niña "machote", una barba como esa vas a echar cuando seas mayor!- y todas las niñas
de alrededor “ayyy sí, ¡mírala que pintas! ¡jajaja!”.
Álex se les quedaba mirando
triste, pero convencida de que siendo Arturo su rey favorito, tenía que hacer
el papel de su vida. Había practicado muchísimo delante del espejo de su
habitación. Su padre incluso le había enseñado a pegar porrazos en la mesa para
que sus enfados y sus órdenes a los caballeros parecieran más reales.
Cuando empezó la función
todo el mundo miraba a Álex… - Suerte hija- le dijeron sus padres. -¡Vamos
campeona!- dijo la seño Antonia y le dio un abrazo para animarla.
Al final de la obra, cuando estaba
a punto de matar al dragón que tenía secuestrada a su querida princesa Ginebra (la
Vane), Álex se paró en seco…
- Dragón, ¿quieres conservar
tu vida?- Dijo con voz potente.
La seño Antonia se echó las
manos a la cabeza… ¡Álex estaba cambiando el guión! Miró al dragón con cara de
pánico y le indicó que le siguiera el juego a Álex, total… ella era El Rey
Arturo.
- Sí, claro que quiero. –
dijo Pablito con voz de dragón.
- Pues cómete a Ginebra, ¡que
me tiene hasta las narices!- dijo Álex con voz divertida.
La gente se sorprendió tanto
del final de la historia que se echó a reír y no paró hasta llorar a
carcajadas.
La cara de la Vane era un
poema… simplemente no se lo esperaba…¡ y mucho menos que hasta sus amiguísimas
se rieran también de ella!
Cuando salían todos del
cole, la gente felicitó a Álex y todos reconocieron que era una gran artista.
Nadie volvió a meterse con ella y así pudo seguir jugando al fútbol y con sus
piratas con total tranquilidad. La única que no le volvió a hablar era la Vane,
que ya no se molestaba ni en llamarla “niña machote”, porque ya no le hacía
gracia a nadie. Pero a Álex no le importaba, sólo pensaba “espero que algún día
se canse del color rosa, le va a ir todo mucho mejor…”.